Mi experiencia en un crucero y la “Marca España”

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El hecho de que un trabajador decida hacer un crucero, es una decisión muy meditada que se dilata en el tiempo a varios meses antes. Es fundamental un presupuesto firme que ahorre en gastos (desayunos, salidas al cine, celebraciones familiares, regalos en fiestas…) y aumente los ingresos (donaciones familiares, regalos en efectivo, aparcamiento de coches,…todo vale). Pero si se está decidido, al final se consigue.

Optamos por el crucero más económico. Cuando fuimos a la agencia para preguntar por los vuelos, el concepto “económico” se esfumó entre tasas, precio del queroseno, impuestos y otras lindezas. No nos apocamos y decidimos hacer el trayecto Sevilla-Venecia en coche; tres familias y dos vehículos para dividir y así ahorrar. Reservas por Internet en hoteles de bajo coste y el maletero lleno de bocatas, agua de grifo y chuches (sí, esas que uno subió y el otro aún no ha bajado –entiéndase dejarlas como estaban-, porque esta esperando a la próxima campaña electoral).

Después de leer en todos los foros habidos y por haber cómo hacer una conducción económica, usé las marchas largas, los reguladores de velocidad y prohibí, bajo pena de expulsión en marcha, que ninguno de los 5 ocupantes bajara las ventanillas (un 4% de ahorro).

Y después vino el aspecto legal. Eso era más delicado. Todos avisaban de que una vez traspasada la frontera de España, la cuestión “multa” adquiría otra dimensión: Fuera de este oasis de derechos y libertades, las multas se pagaban en el acto o se confiscaba cualquier cosa que hubiera en el vehículo de valor aproximado al importe de la multa. Qué lejos quedaban las notificaciones de los agentes españoles; aquellas otras rechazadas al cartero; las publicaciones en el B.O.E. varios años después; las publicaciones en edictos;… aquella dilación incluso hacía atractivo el infringir la norma, ¡con ello aprendías mucho derecho administrativo!.

Pero no todo eran malas noticias; nada más cruzar la frontera española y entrar en Francia… ¡sorpresa!¡el gasoil está más barato! Decidimos llenar los depósitos en Francia tantas veces como pudimos ¡Lástima no llevar garrafas para venderlo en España!. Aunque la verdad es que se gastaba bastante más; las carreteras del sur de Francia estaban atestadas de vehículos, llenas de coches ¡Con lo tranquilos que habíamos venido por las carreteras y autopistas españolas!, apenas vehículos ni transportes, pudimos cumplir nuestros horarios a rajatabla. Pero bueno, aunque había más coches, también les costaba más ¡Dónde se ponía mi utilitario no se ponían tanto Ferrari, Lamborghini y Rolls Royce descapotable! ¡Que se quiten, que soy español!

Finalmente llegamos a Venecia, no sin haber dejado antes atrás algún que otro incidente por problemas con el idioma: En Francia hablan francés, y en Italia, italiano. Y eso que yo siendo español, hablaba inglés, pero se ve que eso en Francia e Italia no sirve.

¡Y embarcamos! ¡Dios, cuánta gente! Dicen que no hay turismo o que la gente no viaja, pero no sería allí, el barco iba hasta las trancas. Eso sí, lo primero que nos dicen cuando entramos es que allí los españoles somos minoría, que somos un grupo muy reducido…y a juzgar por la expresión “spaniard” que comentó un abuelote alemán al pasar por nuestro lado parece ser que tampoco somos muy queridos.

Bueno, el caso es que el ser minoría nos traería ventajas, según nos comentó el muchacho español que nos recibió a la entrada. Esto sorprendió mucho a una de las parejas que nos acompañaba, porque nunca habían visto ningún español trabajando en los cruceros (ellos ya habían hecho varios), siempre eran filipinos, indios, asiáticos y últimamente ciudadanos del este e iberoamericanos; pero españoles, españoles,… nunca habían visto ninguno. Entre las ventajas que posteriormente nos comentó nuestro anfitrión de habla hispana estaba poder visitar las cocinas del barco, donde trabajaban más españoles. ¡Toma ya! Esta pareja no había visto nunca españoles trabajando en cruceros, pero ahora se iban a hartar.

Lo primero fue dirigirnos a la piscina. La cría estaba deseando. ¿Dónde está la piscina?, habíamos seguido con precisión el mapa del barco, tenía que estar allí, delante de nosotros… Y efectivamente estaba allí. Pero debajo de los 300 italianos que se apiñaban sin espacio vital. Y en medio de todo afloraba una mujer vestida con indumentaria india. Supongo que pensaría que el agua de la piscina era agua del Ganges y por eso no se quitó la ropa. Era una representante de un colectivo que no era minoría en el barco, como nosotros; eran ciudadanos de la India, un país emergente…emergente en dinero, porque en limpieza e higiene -y respeto a la higiene de los demás- era evidente que no.

La cena fue muy diferente al almuerzo. Este último se asemejaba más a una caseta de la feria de abril que a un restaurante; la comida de rancho, y las colas astronómicas casi se salían del barco. Aquello era Vietnam, si para tener mesa había que matar…se mataba y punto. Pero la cena… ¡Ah, la cena! Tuvimos un excelente camarero iberoamericano (hispano-parlante, como nos dicen por ahí fuera) que entendía perfectamente el sarcasmo e ironía del sur de España: le pedimos un Don Perignon del 65, y lo captó a la primera: nos trajo dos jarras de agua del grifo bien fresquita que hizo las delicias de pequeños y grandes. El queso troceado muy pequeño para compartir. El pan guardadito para entre-horas. Y allí se comía todo; si los niños dejaban algo, pasábamos los “padres-escoba” para que no quedara nada.

La verdad es que todos los españoles que estábamos allí, ya fueran trabajadores del barco o turistas como nosotros, llevábamos tatuados en nuestra frente la palabra “austeridad”. ¿Todos? ¡No! Justo detrás de nosotros dos mesas de españoles que, según nos comentaron después, eran ilustres empresarios unos y honorables y respetados políticos otros.

Allí no había austeridad; nuestro camarero debió equivocarse y llevar el Don Perignon a la otra mesa, porque en aquella sí que había…varias botellas, vino, cubatas (no creo que fueran a 3 euros), y risas grandes, altas y jocosas: ¡JUA, JUA, JUA! En alguna que otra ocasión tuvimos oportunidad de escuchar los chistes que las causaban…y en verdad debían ser empresarios y políticos, porque desde luego no eran humoristas. Los camareros nos deleitaban todas las noches con canciones y números musicales ideados por ellos,…creo, porque las risas de las mesas “españolas” no nos dejaban escuchar mucho, ni a nosotros ni al resto de italianos. No sé qué pensarían cuando vieron las diferente bebidas de las otras mesas de españoles y las nuestras; lo mismo pensaron que nosotros no éramos realmente españoles,…

Bueno, el viaje transcurrió con alguna que otra anécdota, pero ya estábamos deseando volver a nuestra España; esa tierra de derechos y libertad en la que los peatones pueden cruzar por donde quieren, cualquier coche aparcar en las plazas de minusválidos, las motos ir por el carril bici, y las bicis por las aceras; todo ello sin que pase nada (siempre que tengas un amigo en la política o la justicia…bueno, la verdad es que son lo mismo). Donde las altas esferas son tan eficientes que la culpa siempre la tienen el maquinista y el telefonista. Donde la gente tiene derechos y deberes…bueno, más bien derechos. Ese país en que los trabajadores luchan porque todos tengamos las mismas o peores condiciones que uno mismo. Esa tierra en la que el pueblo sigue confiando en sus dirigentes aunque no cumplan nada de lo que prometen y hagan todo lo contrario y dejen las carreteras españolas como las encontramos a la vuelta, DESIERTAS un sábado 31 de agosto (la radio del coche nos hablaba de retenciones… ¿Pero dónde? No las encontramos por más que buscamos). Esa España de 6 millones de parados sin ingresos, pero que aguantan su situación estoicamente y no queman las calles porque no somos Grecia, ni Turquía, ni Portugal…ni evidentemente Suecia o Noruega; esos jóvenes que llenan los bares todos los días de la semana por la noche gracias a que al día siguiente no hay que trabajar (los que lo hacemos somos ya una minoría y no tenemos dinero ni tiempo para bajar al bar) o estudiar, total, para emigrar a servir copas tampoco hace falta estudiar tanto. En definitiva…la “marca España”…aunque les puedo asegurar que la “marca Italia” tampoco es para tirar cohetes.

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